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Introducción

Mi problema materialista

La serendipituosidad en marcha

Nuevas concepciones teoricas

La ultima oportunidad

Adquirir o Aprender

Comunicando


SERENDIPITUOSIDAD EN LA METODOLOGÍA DEL APRENDIZAJE DE IDIOMAS



Guijarro Morales, José Luis

Universidad de Cádiz. Departamento de Filología Francesa e Inglesa.
Facultad de Filosoía y Letras, c. Bartomé Llompart, s.n., 11003 Cádiz
Tfno:(9)56.015.526 ,Fax: (9)56.220.444.
Correo-e:joseluis.guijarro@uca.es


 

Quise decirte tantas cosas
Pero mi vida cómo y cuándo
Porque no pude pues estabas
comunicando comunicando comunicando
(Canción ligera de los años 50)


1. Introducción:

                   Existe la creencia generalizada de que los lingüistas son seres absurdos que se dedican a disquisiciones bizantinas sobre cómo etiquetar nuestra manera de hablar. Algunas personas más comprensivas consideran, sin embargo, que a veces los lingüistas se ocupan de asuntos con cierta utilidad práctica. Pueden, por ejemplo, indicar qué palabra o expresión está bien formada y debe ser utilizada en cada momento; no en vano conocen la historia de cada término y dominan el arte de ordenar correctamente los vocablos de un idioma. Por otra parte, los lingüistas han de ser duchos en varias lenguas (qué menos), con lo que otro de sus servicios útiles a la comunidad son el de traductor y el de profesor de idiomas. Exceptuando estas tres actividades, no existe nada de interés en este campo para el ser humano normal.
                   No dudo de que hay magníficos ejemplos de cada una de estas atribuciones en personas que se autocalifican de filólogos o de lingüistas, pero éste no es precisamente mi caso, a pesar de que en mi fuero interno me veo con un interés muy marcado por las cuestiones lingüísticas y, además, pertenezco a un cuerpo docente con ese apelativo. En efecto, aunque trato de utilizar mis facultades comunicativas empleando el idioma español de la mejor manera que sé, nunca me he sentido capacitado para ofrecer razones de por qué empleo un vocablo y no otro y, mucho menos, para indicar a nadie cuál debe de usar. Y aunque chapurreo algunos idiomas, aparte del castellano, los aprendí mucho antes de dedicarme a la lingüística. También, bastante antes, trabajé como traductor para una revista de divulgación muy poco científica. Una vez que conseguí mi titulación en Filología Anglogermánica, sí que empecé mi labor profesional tratando de enseñar inglés a estudiantes universitarios. Incluso intenté ahondar en los principios metodológicos de esta enseñanza, realizando un curso en la Universidad de Edimburgo en su, entonces, magnífico Departamento de Lingüística Aplicada. Corría el año 70 de nuestro siglo y, en aquel Departamento, empezaba a tomar fuerza la idea de que la enseñanza de idiomas debería basarse en la comunicación. Allí estaba el entonces muy joven Henry Widdowson, entusiasta de dicho enfoque, junto con otras celebridades como Gillian Brown, Anthony Howatt, Pit Corder, etc.
                   Durante los años que duró mi labor de profesor de idiomas, intenté aplicar a rajatabla los postulados aprendidos en Edimburgo. No sólo eso. Dirigí un par de tesis sobre el tema y en todas ellas se utilizaba una u otra forma de enfoque comunicativo en esta metodología.
                   Sigo considerándome lingüista, aunque no me dedique ya a nada de lo que el común de los mortales considera que es práctico en mi profesión. Soy muy consciente de que como traductor nunca he sido una maravilla; además, he dejado hace muchos años de intentar enseñar idiomas a nadie y no han vuelto a preocuparme realmente las teorías sobre cómo se enseñan y se aprenden.
                   No logro sustraerme a la incómoda sensación de que, ni en la teoría de la traducción, ni en la teoría metodológica se dice nunca algo nuevo que merezca mi interés. No obstante, a menudo, siguen existiendo momentos en los que mi pretendida cualificación personal (?) hace que algunas personas me propongan participar en eventos en donde se discuten estos temas, ya sea en seminarios, ya sea en foros escritos (libros, revistas, etc.). De hecho, tengo publicado un artículo sobre la traducción en esta misma revista, en su número 3-4 (NT1). Y, recientemente, me pidieron una participación en un simposium sobre enseñanza de idiomas.
                   Fue precisamente al intentar elaborar mi comunicación, cuando surgió la serendipituosidad a la que aludo en el título. Esta palabra es una españolización macarrónica de un vocablo inglés que significa "dotado de la capacidad de hacer accidentalmente descubrimientos deseables". Quizá no sea una buena traducción (ya dije que no tengo dotes para traducir), pero me agrada el sonido de esas sílabas en mi neologismo español y, por el momento, la adopto hasta que algún filólogo que se precie me reconvenga por mi desfachatez.
                   En pocas palabras: al elaborar mi comunicación, que intenté que fuera liviana, me asaltaron accidentalmente una serie de cuestiones que pretendo exponer y tratar de aclarar(me) en este trabajo con algo más de profundidad. Se trata, por tanto de un ataque del primer síntoma de la serendipituosidad que me ha sobrevenido sin previo aviso; queda por ver si, al final, consigue conclusiones interesantes, con lo que estaríamos ante la serendipituosidad consumada.
                   Antes de pasar al siguiente apartado, quiero hacer una aclaración: es cierto que los datos biográficos, como los que anteceden, no suelen estar bien vistos en la llamada literatura académica. A pesar de ello, los considero necesarios porque entiendo que el contexto en donde se producen las ideas es de suma importancia para llegar a comprenderlas con mayor precisión. De paso, además, evito el reproche muy justo de una investigadora feminista que afirma que los discursos científicos, creados por los que detentan el poder en nuestra sociedad precisamente para conservarlo frente a los no iniciados, al utilizar estilísticamente ciertos medios, como la voz pasiva, por ejemplo, producen la impresión (falsa, naturalmente) de que las verdades que se postulan son asépticas de toda ideología. La autora propone, por ello, una serie de cambios en la expresión. La cito directamente:

Al realizar el ejercicio de transformar las frases desde la voz pasiva a la voz activa devolvemos a sus actores a escena. En ocasiones me he encontrado ante quienes han defendido que estas técnicas estilísticas son convenciones que confieren formalidad y elegancia al texto, olvidando que toda convención persigue una finalidad, no siempre cargada de las mejores intenciones. Tuve un agudo oyente que proporcionó un buen ejemplo al señalar que si acordamos que no es lo mismo decir "se ha roto un plato" que "yo he roto un plato", habremos también de convenir en las implicaciones de decir

"El material (fracción TNM, según se ha definido previamente), se precipitaba con ácido tricloroacético, se centrifugaba y se solubilizaba a 1 mgr/ml de proteína en medio tampón disociante de Laemmli",

frente a mi propuesta imaginaria de otra opción textual más transparente

"Yo decidí, siguiendo las experiencias de otros investigadores publicadas en las revistas, precipitar con ácido tricloroacético el material (fracción TNM, según he definido previamente). También opté por centrifugarlo. Consulté a una compañera que me sugirió solubilizar 1mg/ml de proteína utilizando medio tampón disociante de Laemmli pues era del que disponíamos en el laboratorio."

Aquí los objetos no parecen ya expresarse por sí mismos, sino que quienes investigan son los que manipulan los objetos y no es la naturaleza misma la que habla. En mi segunda opción textual aparecen, también, los componentes deductivos, apriorísticos, y contextuales (Rosa Medina, manuscrito).


NT1.- En esta frase el autor se refiere a la Revista PRAGMALINGUISTICA




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