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3. La serendipituosidad en marcha:
Repito de nuevo: no quiero dar a entender que las interpretaciones sean deleznables desde el punto de vista del conocimiento humano. Muy al contrario, a menudo resultan fundamentales para saber cómo empezar a indagar en los problemas científicos que se nos presentan. Cuando, mediante ellas, vislumbramos un objetivo al que posteriormente conseguimos llegar con un verdadero procedimiento científico, nos hallamos propiamente ante la serendipituosidad en marcha.
Precisamente, mi intención ahora es la de ver si en algunas cuestiones de la metodología de la enseñanza de idiomas es posible instaurar este proceso serendipituoso con alguna esperanza de éxito.
Empezaremos nuestro camino tratando de saber realmente qué tipo de objeto o evento estamos tratando de analizar. Para ello, haré unas precisiones terminológicas fundamentales que, asombrosamente y por lo que sé, nunca las ha indicado ningún lingüista español o hispano americano.
Los castellano parlantes tenemos una desdicha doble: por un lado, nuestra riqueza terminológica nos facilita tres palabras relacionadas pero no demasiado bien delimitadas. Las de idioma, lengua y lenguaje. Por otro, como nuestra tradición lingüística está muy influida por los estudios franceses y, sobre todo hoy en día, por los anglosajones, hay desajustes a la hora de casar nuestras tres palabras, con las dos francesas, langage y langue, pero sobre todo con la única inglesa language.
En el uso corriente, estamos relativamente de acuerdo en que no parece apropiado hablar de la "lengua de los animales", ni del "idioma de los animales". Tampoco he oído a menudo hablar de la "lengua de los gestos", o, peor, del "idioma de los gestos". En cambio, tanto "lenguaje de los animales", como "lenguaje de los gestos" son totalmente aceptables. Por otra parte, uno va a aprender idiomas a una "academia / escuela de lenguas / idiomas", nunca a una "academia / escuela de lenguajes". Igualmente, las filologías modernas de nuestras universidades son "Filología de la Lengua tal o cual", nunca la "Filología del Lenguaje tal o cual" ni, tampoco, "Filología del Idioma tal o cual", vaya usted a saber por qué. En cambio, en el uso docto de estas palabras existe una cierta ambigüedad que es necesario desterrar.
En otra parte, he indicado que
(... ) llamaré lenguaje al sistema de potencial extralingüístico acompañado, muy a menudo, del potencial lingüístico que tiene el ser humano a su disposición para asimilar información y, a su vez, para comunicar mensajes.
Obsérvese que el lenguaje, así entendido, puede ser únicamente no-verbal (...) o, conjuntamente, no-verbal y verbal (el que empleamos en las conversaciones, en la correspondencia, etc.). En cambio, por mi definición, no existe un lenguaje únicamente verbal.
(...)
La lengua es el potencial lingüístico del ser humano (...). Este potencial se ha venido estudiando desde dos perspectivas básicas y, a menudo, consideradas contrapuestas:
(1ª) Como aquello que el indiviuduo "puede hacer" lingüísticamente hablando (HALLIDAY, 1973) en la sociedad que le ha enseñado su idioma, ya sea al nacer, o después del nacimiento.
(2ª) Como el mecanismo mental necesario para dicho hacer lingüístico. Este mecanismo y su manera de funcionar es, evidentemente, universal y no social, si lo consideramos desde este segundo punto de vista (CHOMSKY, 1976)(10) .
El idioma es la lengua una vez que ha sido "socializada" en el aprendizaje (si adoptamos la primera perspectiva), o "impresa" en la adquisición (si adoptamos la segunda) (Guijarro, 1998a: 87)
En este trabajo (y, para mi, de ahora en adelante), la expresión "metodología para la enseñanza de lenguas" queda, por tanto, desterrada. La sustituyo por "metodología para la enseñanza de idiomas". No se trata de una mera cuestión terminológica. Creo que la distinción entre los conceptos que he englobado en las palabras "lenguaje", "idioma" y "lengua" resultará muy explicativa o, por lo menos, evitará malentendidos desgraciadamente demasiado corrientes. Vamos a ver si me explico.
Es sabido que a finales de los sesenta y, sobre todo, en la década de los setenta de este siglo empezó a fraguarse y desarrollarse la idea de que la enseñanza de idiomas había sido mal enfocada tradicionalmente. Que la insistencia en explicar y memorizar reglas gramaticales no había tenido en cuenta el carácter básicamente comunicativo de... ¿el lenguaje?, ¿la lengua?, ¿el idioma? con lo que urgía dar un vuelco a la metodología que se aplicaba a su enseñanza teniendo en cuenta este carácter central comunicativo. Aunque, debido a mis experiencias particulares del momento que describí al principio, abracé tal creencia con fervor de joven (¡ay!) converso, había dos cosas que nunca me cuadraron del todo.
La primera era la machacona insistencia (todavía muy manifiesta hoy en día) en la idea de que la metodología comunicativa debía aplicarse en grupos muy reducidos para así hacer posible la comunicación tan deseada. No creo que ninguna persona tenga especial dificultad en conceptualizar eso que se llama comunicación de masas como verdadera comunicación. Era, para mi, un misterio por qué los "metodólogos comunicativistas" parecían despreciar precisamente un fenómeno que resulta de lo más extendido en nuestro mundo.
La segunda era quizás una consecuencia de la primera. Recuerdo que algunos de los ideólogos más comunicativistas odiaban, no solamente los ejercicios de repetición de estructuras, sino también las traducciones y versiones, como si estas dos últimas tareas no fueran comunicativas. Supongo que en su furor iconoclasta, todo lo que oliera a antiguo (o "tradicional" como algunos lo calificábamos (11) ) era motivo de desprecio.
Repito que yo mismo formé parte activa (quizá habría que decir activista, en este caso) del grupo de aquellos paladines, y que, por tanto, no tuve más remedio que enterrar estas dos dudas en lo más profundo de mi ser como si se tratara de manchas vergonzantes que ensuciaban la brillantez de los enfoques comunicativos.
Actualmente, parece que las aguas se han tranquilizado algo y que la idea comunicativa, aunque persiste (quizá disfrazada con nombres como enfoque "natural" y otros adjetivos políticamente correctos hoy en día) en algunos sectores, ha perdido su fulgor apostólico. Hay una causa inesperada: la caída del telón de acero. Muchos comunicativistas (entre ellos, Henry Widdowson, según me han comentado, aunque de esto no tengo prueba fehaciente) se dieron cuenta de que en los países socialistas, en donde la moda comunicativa no llegó nunca a las escuelas de idiomas, hablaban varios idiomas no maternos con relativa soltura, quizá incluso con mayor desparpajo que los estudiantes comunicativizados de nuestro mundo capitalista. Esto no quiere decir que ahora los países exsocialistas no se interesen por los enfoques comunicativos de la metodología. Pero ya, en nuestro mundo, la llama de la fe comunicativa no luce tan brillantemente, ni mucho menos. ¡Si esto no es serendipituosidad en su más pura acepción, que venga Dios y lo vea!
10.-Por las razones apuntadas arriba someramente, ésta es la concepción que se ha impuesto como apropiada en mi visión del mundo. Antes, cuando aún no conocía la existencia de la máquina de Turing, intenté realizar una síntesis mental de ambas concepciones en mi investigación doctoral. Francamente, no creo haberla conseguido.
11.- O estructuralista. Éste era el insulto peor de todos, hay que reconocerlo
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