Llegué a la casa del puente orientándome por el sonar del río. Toqué la puerta; pero en falso. Mi mano se acudió en el aire como si el aire la hubiera abierto. Una mujer estaba allí. Me dijo:

- Pase usted.

Y entré.

- Soy Eduviges Dyada. Pase usted.

Parecía que me hubiera estado esperando. Tenía todo dispuesto, según me dijo, haciendo que la siguiera por una larga serie de cuartos oscuros, al parecer desolados. Pero no; porque , en cuanto me acostumbré a la oscuridad y al delgado hilo de luz que nos seguía, vi crecer sombras a ambos lados y sentí que íbamos caminando a través de un angosto pasillo abierto entre bultos.

- ¿Qué es que hay aquí?- pregunté

- Tiliches- me dijo ella- Tengo la casa todo entilichada. La escogieron para guardar sus muebles los que se fueron y nadie ha regresado para ellos. Pero el cuarto que le he reservado está al fondo. Lo tengo siempre sescombrado por si alguien viene . ¿ De modo que usted es hijo de ella?

- ¿De quién?- respondí.

- De Doloritas.

- Sí, ¿pero cómo lo sabe?

- Ella me avisó que usted vendría. Y hoy precisamente.

Que llegaría hoy.

- ¿Quién?¿Mi madre?

- Sí. Ella.

Yo no supe qué pensar. Ni ella me dejó en qué pensar:

- Éste es su cuarto- me dijo.

No tenía puertas, solamente aquella por donde habíamos entrado. Encendió la vela y lo vi vacío.

- Aquí no hay donde acostarse- le dije.

- No se preocupe por eso. Usted ha de venir cansado y el sueño es muy buen colchón para el cansancio. Ya mañana le arreglaré su cama. Como usted sabe, no es facil ajurear las cosas en un dos por tres. Para eso hay que estar prevenido, y la madre de usted no me avisó sino hasta ahora.

- Mi madre- dije- mi madre ya murió.

- Entonces ésa fue la causa de que su voz se oyera tan débil, como si hubiera tenido que atravesar una distancia muy larga para llegar hasta aquí. Ahora lo entiendo.¿Y cuánto hace que murió?

- Hace ya siete días.

- Pobre de ella. Se ha de haber sentido abandonada. Nos hicimos la promesa de morir juntas. De irnos las dos para darnos ánimo una a la otra en el otro viaje, por si se necesitara, por si acaso encontráramos alguna dificultad. Éramos muy amigas. ¿ Nunca le habló de mí?

- No, nunca.

- Me parece raro. Claro que entonces éramos unas chiquillas. Y ella estaba apenas recién casada. Pero nos queríamos mucho. Tu madre era tan bonita, tan, digamos, tan tierna, que daba gusto quererla. Daban ganas de quererla. ¿De modo que me lleva ventaja, no? Pero ten la seguridad de que la alcanzaré. Sólo yo entiendo lo lejos que está el Cielo de nosotros; pero conozco cómo acortar las veredas. Todo consiste en morir, Dios mediante, cuando uno quiera y no cuando Él lo disponga. O, si tú quieres, forzarlo a disponer antes de tiempo. Perdóname que te hable de tú; lo hago porque te considero como mi hijo. Sí, muchas veces dije:<< El hijo de Dolores debió haber sido mío.>> Después te diré por qué. Lo único que quiero decirte ahora es que alcanzaré a tu madre en algunos de los caminos de la eternidad.

Yo creía que aquella mujer estaba loca. Luego ya no creí nada. Me sentí en un mundo lejano y mei dejé arrastrar. Mi cuerpo, que parecía aflojarse, se doblaba ante todo, había soltado sus amarras y cualquiera podía jugar con él como si fuera de trapo.

- Estoy cansado- le dije.

- Ven a tomar antes algun bocado. Algo de algo. Cualquier cosa.

- Iré. Iré después.

[....]

- ¿qué es lo que pasa, doña Eduviges?

Ella sacudió la cabeza como si despertara de un sueño.

- Es el caballo de Miguel Páramo, que galopa por el camino de la Media Luna.

- ¿Entonces vive alguien en la Media Luna?

- No, allí no vive nadie.

- ¿Entonces?

- Solamente es el caballo que va y viene. Ellos eran inseparables. Corre por todas partes buscándolo y siempre regresa a estas horas. Quizá el pobre no puede con su remordimiento. ¿ Cómo hasta los animales se dan cuenta de cuando cometen un crimen, no?

- No entiendo. Ni he oído ningún caballo.

- ¿No?

- No.

- Entonces es cosa de mi sexto sentido. Un don que Dios me dio; o tal vez sea una maldición. Sólo yo sé lo que he sufrido a causa de esto. [....]

- ¿Has oído alguna vez el quejido de un muerto?- me preguntó a mí.

- No, doña Eduviges.

- Más te vale.

- Más te vale, hijo. Más te vale- me dijo Eduviges Dyada.

Ya estaba alta la noche. La lámpara que ardía en un rincón comenzó a languidecer; luego parpadeó y terminó apagándose.

Sentí que la mujer se levantaba y pensé que iría por una nueva luz. Oí sus pasos cada vez más lejanos. Me quedé esperando.

Pasado un rato y al ver no volvía, me levanté yo también. Fui caminando a pasos cortos, tentaleando en la oscuridad, hasta que llegué a mi cuarto. Allí me senté en el suelo a esperar el sueño.

Dormí a pausas.

En una de esas pausas fue cuando oí el grito. Era un grito arrastrado como el alarido de algún borracho: <<¡ Ay vida, no me mereces!>>

Me enderecé de prisa porque casi lo oí junto a mis orejas; pudo haber sido en la calle; pero yo lo oí aquí, untado a las paredes de mi cuarto. Al despertar, todo estaba en silencio; sólo el caer de la polilla y el rumor del silencio.

No, no era posible calcular la hondura del silencio que produjo aquel grito. Como si la tierra se hubiera vaciado de su aire. Ningún sonido; ni el del resuello, ni el del latir del corazón; como si se detuviera el mismo ruido de la conciencia. Y cuando terminó la pausa y volví a tranquilizarme retornó el grito y se siguió oyendo por un largo rato:<<¡ Déjenme aunque sea el derecho de pataleo que tienen los ahorcados!>>

Entonces abrieron de par en par la puerta.

-¿Es usted, doña Eduviges?- pregunté-. ¿Qué es lo que está sucediendo?¿Tuvo usted miedo?

- No me llamo Eduviges. Soy Damiana. Supe que estabas aquí y vine a verte. Quiero invitarte a dormir a mi casa. Allí tendrás dónde descansar.

- ¿Damiana Cisneros?¿No es usted de las que vivieron en la Media Luna?-

-Allá vivo. Por eso he tardado en venir.

- Mi madre me habló de una tal Damiana que me había cuidado cuando nací.¿De modo que usted...?

- Sí, yo soy. Te conozco desde que abriste los ojos.

- Iré con usted. Aquí no me han dejado en paz los gritos.

¿No oyó lo que estaba pasando? Como que estaban asesinando a alguien. ¿no acaba usted de oír?

- Tal vez sea algún eco que está aquí encerrado. En este cuarto ahorcaron a Toribio Aldrete hace mucho tiempo. Luego condenaron la puerta hasta que él se secara; para que su cuerpo no encontrara reposo. No sé cómo has podido entrar, cuando no existe llave para abrir esta puerta.

- Fue doña Eduviges quien abrió. Me dijo que era el único cuarto que tenía disponible.

- ¿Eduviges Dyada?

- Ella.

- Pobre Eduviges. Debe de andar penando todavía.

[...]

- Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras.

Cuando caminas sientes que te van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará el día en que estos sonodos se apaguen.

Eso me venía diciendo Damiana Cisneros mientras cruzábamos el pueblo.

- Hubo un tiempo que estuve oyendo durante muchas noches el rumor de una fiesta. Me llegaban los ruidos hasta la Media Luna. Me acerqué para ver el mitote aquel y vi esto: lo que estamos viendo ahora. Nada. Nadie. Las calles tan solas como ahora.

>>Luego dejé de oírla. Y es que la alegría cansa. Por eso no me extrañó que aquello terminara.

>>Sí - volvió a decir Damiana Cisneros-. Este pueblo que está lleno de ecos. Yo ya no me espanto. Yo oigo el aullido de los perros y dejo que aúllen. Y en días de aire se ve al viento arrastrando hojas de árboles, cuando aquí, como tú ves, no hay árboles. Los hubo en algún tiempo, porque si no ¿ de dónde saldrían esas hojas?

>>Y lo peor de todo es cuando oyes platicar a la gente como si las voces salieran de alguna hendidura y, sin embargo, tan claras que las reconoces. Ni más ni menos, ahora que venía encontré un velorio. Me detuve a rezar un Padre Nuestro. En esto estaba, cuando una mujer se apartó de las demás y vino a decirme:

>>- ¡Damiana!¡Ruega a Dios por mí, Damiana!

>> Soltó el rebozo y reconocí la cara de mi hermana Sixtina.

>>-¿Qué andas haciendo aquí?- le pregunté.

>> Entonces ella corrió a esconderse entre las demás mujeres.

>> Mi hermana Sixtina por si no lo sabes, murió cuando yo tenía 12 años. Era la mayor. Y en mi casa fuimos dieciséis de familia, así que hazte el cálculo del tiempo que lleva muerta. Y mirarla ahora, todavía vagando por este mundo. Así que no te asustes si oyes ecos más recientes, Juan Preciado>>.

- ¿También a usted le avisó mi madre que yo vendría?- le pregunté.

- No. Y a propósito, ¿ qué es de tu madre?

- Murió- dije.

- ¿Ya murió?¿Y de qué?

- No supe de qué. Tal vez de tristeza. Suspiraba mucho.

- Eso es malo. Cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace.¿De modo que murió?

- Sí. Quizá usted debió saberlo.

- ¿ Y por qué iba a saberlo? Hace muchos años que no sé nada.

- Entonces ¿cómo es que dio usted conmigo?

- ...

- ¿Está usted viva, Damiana?¡Dígame, Damiana!

- Y me encontré de pronto solo en aquellas calles vacías. Las ventanas de las casas abiertas al cielo, dejando asomar las varas correosas de la yerba. Bardas descarapeladas que enseñaban sus adobes revenidos.

- ¡Damiana!- grité-.¡Damiana Cisneros!

Me contestó el eco:<<¡...ana...neros!¡...ana...neros!>>